Los meses fueron pasando

Los meses fueron pasando, cada uno se fue haciendo menos difícil que el anterior, así muy lentamente fui transitando del intenso dolor a la resignación y de ahí a la nostalgia, a fin de cuentas me tuve que ir haciendo a la idea de que nunca más le vería, que jamás volvería recibir una llamada telefónica y, mucho menos podría esperarle para comer en casa.

Por otra parte mis hijos trataron a su manera de hacerme ese período menos triste, trataban de entretenerme cada uno a su manera, y me hacían compañía el mayor tiempo posible, y así pasaron diez largos meses.

En el transcurso de este tiempo tuve ocasión de darme cuenta que mi cuerpo se había vuelto más voluminoso, la ropa talla cuarenta y dos ya me quedaba apretada, misma que había usado por lo menos los últimos cuatro años, creo que la depresión por la que atravesaba y de la que estaba perfectamente consciente, estaba haciendo que comiera no sólo en exceso, sino que también desmedida y desesperadamente, incluso no me fijaba en lo que comía, lo hacía en forma rutinaria y siempre tratando de llenar ese vacío que sentía en el alma con algo cada vez más dulce.

Pasé por alto algunos avisos de mi cuerpo, como el cansancio constante, la hipertensión que sólo era controlada por el medicamento y aun así a veces se salía de control y finalmente la resistencia a la insulina; las lecturas de azúcar en el servicio médico ya eran una constante un poco arriba de 100 mg/dL, pensaba sólo en “consentirme” y “consolarme” comiendo abundantes porciones de alimentos industrialmente preparados llenos de azúcar, harinas y grasas; los alimentos llenaban el hueco del inmenso dolor que difícilmente iba superando.

Obviamente el sedentarismo por la tristeza era exagerado, las tardes después de llegar de trabajar, las pasaba hundida en la cama mirando el techo de mi habitación con la mente en blanco a veces pensando en el porqué y en el cómo.

Esta esa conducta desplegada por mi, estaba empezando a cobrar su factura y los estragos en la salud se hicieron sentir, me cansaba tan fácilmente que me costaba trabajo caminar; subir o bajar escaleras era una tortura para mis rodillas, y, a veces, hasta respirar era complicado.

Después de tan larga depresión, mi cerebro empezó a reaccionar y pensé que de seguir subiendo de peso, iría directamente también a un accidente cardiovascular, un infarto, un derrame cerebral o una diabetes segura, como quien dice me estaba parando frente a las puertas del infierno.

Me sentí afligida y viendo que se estaba saliendo de control el incremento de peso, lo más conveniente era acudir a los servicios médicos de los que soy derechohabiente y después de múltiples trámites pude sacar una cita con la nutrióloga de la clínica donde estoy adscrita, la dieta que me prescribió fue sumamente monótona y bastante complicada de llevar a cabo, sin embargo, con el deseo de controlar ya mi exagerado peso la seguí al pie de la letra.

El primer mes fue de aparente éxito, baje poco menos de cinco kilos, pero el segundo mes casi muriendo de hambre, con mareos y un dolor de cabeza constante, mi cuerpo frenó, se rebeló y sólo alcancé a bajar un kilo.

Me sentí frustrada, desilusionada, habían sido dos meses y sólo había bajado seis kilos en total, la sensación de hambre y la ansiedad, estaban en su nivel más alto, el fracaso se hizo presente, sin embargo, nadie notó mi ausencia a las consultas y terminé abandonando la dieta; paulatinamente regresé al peso inicial y además gané un par de kilos adicionales.

Me duró muy poco el gusto de poder bajar de peso, a pesar de que no era la primera vez que me sometía a un régimen de alimentación, éste sí era el último que había pretendido en años recientes.

Toda mi vida ha sido una constante lucha para bajar y mantener el peso, siempre he tendido a engordar, tal vez por factores genéticos, por falta de ejercicio, por comer poco nutritivo o simplemente porque así era mi cuerpo, totalmente redondo y sin formas.

Y… al abandonar esa susodicha dieta, dejar el licuado de manzana con avena y perejil de las mañanas, el pollo hervido y la lechuga por la noche, nuevamente, apareciendo mis alimentos amigos “el café y la dona de chocolate” por las mañanas.

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