El Fantasma.

Ese intento de dieta lo comenté con mi mejor amiga y confidente, con quien mi relación se ha visto fortalecida y agrandada con los años y nuestras experiencias, ella es también mi cómplice, compañera en la vida y hasta llegó a ser mi compañera de banca en la universidad, sabiendo de antemano que sería la única persona que me escucharía sin juzgarme, le manifesté: ¿Sabes hija? Cada día me siento más pesada, la ropa me ajusta demasiado y hasta los zapatos me molestan.

Y es que la obesidad se estaba convirtiendo en una pesadilla, abandonado el intento de dieta y las citas con la nutrióloga de la clínica, y habiendo recuperado los kilos bajados e incluso haber ganado unos pocos más, cada día que pasaba me sentía el borde de un precipicio y empecé a sentirme desesperada.

Después de esta conversación pasaron varios días, hasta que a mediados del mes de abril de dos mil quince, hubo una “Feria de la Salud” en mi lugar de trabajo; de la que me enteré por mi hija, quien bajó a buscarme a la oficina, y con toque picaresco, se acercó y susurrándome al oído me dijo —Mamá, hay una feria de la salud, en la entrada principal del edificio, ¡vamos a visitarla!—

De verla tan entusiasmada, sin realmente pensar en someterme a una nueva dieta me sumé y caminamos al lugar donde se estaba efectuando el evento, evidentemente había varias carpas de plástico a manera de kioskos donde se presentaban servicios médicos variados ofreciendo descuentos en consultas y tratamientos.

Nos acercamos al kiosco de nutrición y nos informamos de sus servicios, incluso tomamos una tarjeta de visita y ahí mismo concertamos una cita para consulta, tanto para mi como para ella que también estaba excedida pocos kilos, la idea era someternos ambas a dieta para bajar de peso y al hacerlo juntas nos daríamos aliento y apoyo mutuo.

Ya siendo hipertensa siempre pensé y, tal vez esté equivocada, que esta enfermedad podría haberla heredado de mi madre puesto que mi hermano también había sido hipertenso, sin embargo aun sabiendo ambos que padecían esta enfermedad ninguno ellos se medicaba para controlarla o al menos nunca me di cuenta de que lo hicieran, padecimiento que finalmente los llevó a una muerte prematura a sus sesenta y tres y, cincuenta y cuatro años recién cumplidos, respectivamente, mi madre previos tres episodios de infarto y mi hermano un solo infarto, sin embargo, fulminante.

Así que cuando fui diagnosticada con hipertensión, pretendí creer que era normal por factores hereditarios, por mi edad y, también intuía que el sobrepeso que cada mes se incrementaba durante los últimos meses, todos estos factores habrían contribuido, sin embargo, muy contrariamente a lo que hicieron mi madre y mi hermano, yo sí tenía un tratamiento para tratar la hipertensión y, religiosamente por las mañanas al levantarme tomaba la pequeña pastillita milagrosa que regularía mi presión arterial en el transcurso del día y, de rutina bajaba a tomarme la lectura al menos una vez por semana al servicio médico, para verificar que estaba controlada.

El día que nos presentamos a la susodicha clínica, apenas traspasamos el umbral, nos recibió un aparente médico que nos hizo pasar a su consultorio, antes de empezar la entrevista, sin aviso previo me tomó una muestra de sangre para un examen de glucosa, yo había comido antes de llegar a la entrevista poco antes de dos horas aproximadamente, deleitándome con una exuberante y deliciosa hamburguesa con su consabida gran bolsa de papas fritas, todo aderezado con mucha salsa de tomate, y por supuesto sin olvidar el obligatorio vaso de refresco tamaño extra grande, así que obligadamente, el resultado del examen salió elevado y preocupante.

En ese instante, el fantasma de la diabetes se hizo presente, ese era uno de mis temores desde meses atrás que había muerto mi hermano, me aterraba adquirir diabetes, siempre he pensado que esa enfermedad abre “la puerta del infierno”, porque se desatan múltiples complicaciones, así que al ver el resultado de glucosa en el consultorio médico, aterrada sentía que pendía sobre mi cabeza la espada de Damocles y que estaba firmando mi sentencia de muerte.

Al ver mi cara de sorpresa, angustia, tristeza o de espanto, el médico tomó la palabra y me espetó crudamente —Con este resultado, seguramente usted ya es diabética, necesita urgentemente una cirugía bariátrica—.

Mi cerebro no entendía que era una cirugía bariátrica ni cómo, ni porqué podría ayudarme.

Mi asombro iba haciéndose cada vez más grande cuando ese doctor empezó a detallarme la cirugía a la que “irremediablemente” debía someterme si quería seguir con vida, algo así como doblar y coser mi estómago por dentro por lo que la capacidad de éste se vería seriamente reducida, y me permitiría bajar de peso en forma rápida y con ello eliminar al menos por el momento el fantasma “diabético”.

Nunca había escuchado de una cirugía de este tipo, menos aun lo que era una cirugía bariátrica y por supuesto me dio terror el que mi cuerpo se viera sometido a esa forma tortuosa para bajar de peso, además al pensar que el estómago quedaría doblado sobre sí mismo en mi lógico y nulo conocimiento pensé que podría gangrenarse al no recibir adecuadamente el flujo sanguíneo que corre por el cuerpo y con ello poner en peligro más rápidamente mi vida. Me hice múltiple y terribles conjeturas, ya que mis conocimientos del cuerpo humano se limitan a lo esencial.

Sin embargo dentro de la entrevista le mencioné que me habían operado del píloro a los cuarenta días de nacida, y que para mi era importante saber si esto no era un impedimento o un factor de riesgo, para llevar a cabo dicha cirugía, no obstante él minimizó esta situación.

Algunas otras cosas que me llamaron poderosamente la atención y que hicieron que se encendiera una “luz de alerta” en mi cerebro, es que el pseudomédico comentó: primero, que la cirugía sería ambulatoria, esto es, una estancia de aproximadamente doce horas en la clínica; segundo, que al cirujano bariátra lo conocería el día de la cirugía; tercero, que un automóvil particular pasaría por mi acompañante y por mí para llevarme al hospital y que ese mismo nos llevaría de regreso a casa, y; cuarto y último, no quiso darnos más datos del hospital ni de su ubicación, por último se limitó a exigirme que llevara lo más pronto posible los documentos necesarios para que los pudiera llenar él y enviarlo para autorización a la aseguradora médica.

Así tan rápido, sin preparación alguna que me permitiera siquiera digerir el tipo de cirugía a la que sería sometida, sin mayor información y sin darme tiempo a explicarle mis dudas, nos despidió con una vaga frase —haga cita con la enfermera—.

Más por miedo y sin sentirme segura de la decisión, hice la cita para los estudios previos, los que se programaron tentativamente dos semanas después, endoscopía y análisis preoperatorios y, al tener los resultados, la cirugía se podría hacer en un par de días.

En forma por demás exprés, salí de ese consultorio con un diagnóstico basado exclusivamente en una mirada, no exagero si digo que me sentí como una res a la que iban a destazar, como si lo importante fuera cobrar por el servicio y después averiguar si era necesario.

De regreso a casa comentamos el trato que nos habían dado, mi hija como no era candidata para ninguna cirugía, el supuesto médico ni caso le hizo, se limitó a decirle el costo del tratamiento para someterse a dieta, no le explicó en qué consistía, ni cuantas veces se presentaría a consulta, ni el tipo de apoyo que se le brindaría, así que ya no volteó a verla en el resto del tiempo que duró la consulta que era para ambas, lo importante era que yo accediera a la cirugía para cobrar sus honorarios.

Todos estos factores, la poca información, la forma en que fuimos tratadas y, el diagnóstico de la lectura de glucosa, hicieron que me sintiera muy asustada, preocupada, y al llegar a casa, lloré, lloré mucho muy amarga y largamente.

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