Protocolo

El cirujano me indicó claramente en la entrevista que sostuvimos, que lo ideal era perder el diez por ciento del peso que en ese entonces tenía y, con esto estaríamos bajando el riesgo de complicaciones para entrar a cirugía, por otra parte para llevar a cabo esta pérdida de peso necesitaría someterme a una rigurosa dieta la que me sería indicada por el Nutriólogo de su equipo de trabajo.

Teniendo entendida esa parte del tratamiento y la importancia del respaldo de esta fuente de apoyo hice la primera cita con el nutriólogo, quien enterado del tipo de tratamiento al que me sometería, me marcó las pautas a seguir en una dieta inicial.

Saliendo de consulta hice una lista con las cosas que tenía en casa y las que me faltaban por comprar para empezar la primera fase.

Así el cinco de mayo de dos mil quince, inicié mi viaje a lo desconocido. Los primeros días fueron extraños, ahora tenía que comer cada tres horas lo que se traducía en cinco veces al día, sin embargo traté por todos los medios a mi alcance de frenar la ansiedad que tenía por las tardes, lo reconozco, en el fondo extrañaba la dona de chocolate, las galletas, el pan de dulce, los tacos, las frituras, el refresco, la deliciosa barbacoa, el pastel y hasta el cono de helado, alimentos que sin control había consumido los últimos tiempos sin ninguna restricción.

No obstante hice mi mejor esfuerzo y llegando a la siguiente cita me atendió otra persona con quien seguiría trabajando en la pérdida de peso, la nutrióloga, con un poco de miedo subí a la báscula, esperando de alguna forma hubiera habido una reducción sustancial, había seguido las instrucciones al pie de la letra y los horarios con inusitado respeto, algo de ejercicio como caminar se hizo presente todas las tardes y, efectivamente, la báscula marcó cinco kilogramos menos. —Muy bien- espetó, vamos por buen camino, me marcó nuevas pautas en la dieta y sugirió incrementara el ejercicio, con esto deberíamos ver más pérdida de peso en la próxima cita.

Orgullosa de mi pequeño logro, renové con entusiasmo mi compromiso y con gran ahínco me apliqué en seguir estrictamente los alimentos que me habían prescrito, por otra parte, se hicieron habituales los paseos vespertinos con largas caminatas, y este pequeño cambio de hábitos me hicieron sentir esas primeras semanas menos cansada notando por el contrario que todos mis sentidos estaban más alertas; después de comer no sentía esa pesadez que me daba con regularidad, y por las tardes no se presentaba ese sueño aletargador, las noches empezaron a ser de sueño más profundo y regular con menos despertares a mitad de la noche.

Así poco a poco me adentré en un régimen alimenticio que no sólo era obligatorio para bajar de peso, sino también bastante ilustrativo de lo que es una correcta alimentación, ahí oí hablar por vez primera de las proteínas y los carbohidratos y de la importancia que representan como nutrientes para nuestro cuerpo.

Me di cuenta de la suma ignorancia en la que viví toda mi vida, con dietas estrictas pero sin ningún sustento científico, dietas que al dejarlas de llevar a cabo me hacían ganar más kilos que los que había perdido mientras las realizaba. No me fue difícil seguir el régimen, lo difícil en mi caso, fueron los horarios, no me acostumbraba a comer tan seguido.

Al mismo tiempo que perdía peso, estaba inmersa sin saberlo en un intenso entrenamiento para cambiar definitivamente de hábitos alimenticios.

En las subsecuentes consultas se me indicó que tenía que pasar también con la Psicóloga, la verdad no entendí el porqué tenía que hacerlo, sin embargo, lo tomé como parte del protocolo  referido líneas antes y así tuve la primera entrevista con otra de mis ángeles de la guarda.

En las subsecuentes entrevistas con la Psicóloga pude tomar conciencia de que no sólo el cuerpo se vuelve “gordo”, nuestras emociones también nos enferman, por lo tanto, era necesario hacer limpieza de especulaciones absurdas, de miedos innecesarios y de los fantasmas que pululaban por los laberintos de mi pensamiento, a través de una terapia enfocada en modificar no sólo los trastornos compulsivos del comer, sino convencerme yo misma de los nuevos hábitos alimenticios que tendría que adoptar para siempre.

Así, en definitiva en poco menos de un mes entré de lleno al protocolo y con ahínco lo seguí al pie de la letra, me esforzaba en llevar la dieta y, en las sesiones con la psicoterapeuta, me comporté siempre con la mayor sinceridad al dar contestación a sus cuestionamientos; ella en cada sesión me escuchaba con paciencia y con pequeños argumentos me daba pautas para desempolvar esos recuerdos escondidos que mi cerebro guardaba celosamente, aquellos que prefería tener bajo resguardo, esos que escondidos me permitían tener siempre puesta mi armadura; tuve que echar mano de los recursos que se me proporcionaban, para ir deshaciéndome de ese caudal de pensamientos y de miedos escondidos en los laberintos de mi mente, hasta que logré comprender que mis miedos y angustias algunos injustificados me habían llevado por caminos equivocados y negativos, fue un tiempo excelente para deshacerme definitivamente de la mayor parte de ellos.

Me dí cuenta de mis debilidades y fortalezas, de la oportunidad que tenía por delante para dar marcha atrás y cambiar mi salud y mi cuerpo, descubrí inusitadamente que nunca me preocupé de cuidar mi persona, ésta que soy yo la tenía relegada al olvido, todo era importante, el trabajo, los hijos, el cuidado de la casa, mis hermanos, mis nietos, mis peces, la perra, el tejido, la costura, la cocina, mis recuerdos, todo, absolutamente todo era importante, menos mi persona y mi propia vida, y sin embargo, era lo que tenía que cuidar fundamentalmente para seguir viviendo.

Después de cada sesión salía más que convencida del paso que había decidido dar y veía más cercana la fecha de la cirugía y con ello crecían mis expectativas de una vida mejor.

Algunas semanas después y conforme avanzaba el tiempo, por las noches, a veces con alegría y otras con preocupación me alcanzaba el pensamiento de la inminente fecha que llegaría para mi encuentro con lo desconocido; estando perfectamente informada de todo lo que iba a pasar con mi cuerpo, antes, durante y después de la cirugía, así como de las posibles e hipotéticas complicaciones que podría tener.

Cinco días antes de ese evento convoqué a mis hijos para una de las más serias e importantes conversaciones con ellos; específicamente para un domingo antes de la cirugía, después de la hora de la comida, sé de antemano que esa hora es la ideal pues la mayor parte de las veces en domingo, nos encontramos en el limbo de las actividades, ya que aún no deciden si irán al cine, dormirán un rato por la tarde o saldrán a pasear.

Cuando los vi reunidos a mi alrededor con caras de preocupación, le dije —Hijos, el viernes próximo me operan, quiero decirles a cada uno de ustedes, que yo estoy completamente segura de lo que voy a hacer. Al mismo tiempo, quiero que sepan que hasta el día de hoy han sido los mejores hijos, que si algo pudiera llegar a pasarme, pueden quedarse tranquilos, con la seguridad de que ésta es mi decisión absoluta, de que nadie ha influido, que nadie puede considerarse culpable y, por último, pueden tener la seguridad de que los amo infinitamente, que si no la libro, me reuniré con mi hermano, pero si brinco la rayita, tendrán… ¡madre para rato!—

No se hicieron esperar sus risas ante el último argumento, todos me abrazaron, me dijeron lo mucho que me aman, lo importante que soy para ellos y sobre todo me sentí plenamente respaldada por mis hijos, quienes en apoyo a mi persona habían iniciado su propio protocolo de apoyo en mi favor.

Y así casi en un abrir y cerrar de ojos llegó la fecha para internarme.

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