Cirugía

Llegó el esperado día, ya me había puesto de acuerdo con mis hijos los que me acompañarían en tan importante evento, muy temprano me levanté, estaba echa un manojo de nervios, no quería que se me olvidara nada, revisé mi bolsa con los documentos que me serían requeridos para el ingreso, en mi pequeña maleta preparé lo indispensable para vivir fuera de casa por dos o tres días, un par de pijamas, unas pantuflas, mis artículos de aseo personal, mis indispensables cosméticos (recordando aquella frase inolvidable de mi madre, que decía “no me gustan los enfermos feos”) y hasta un libro para leer durante mi estancia, repasaba una y otra vez todas las cosas, trataba que no se me olvidara nada y así, llegó la hora de partir.

Al fin salimos de casa, yo sentía que los minutos pasaban volando y pensaba que iba a llegar tarde a la clínica, al llegar la admisión fue rapidísima, en pocos minutos me vi en la habitación que me asignaron, y esa recurrente sensación cuando estoy nerviosa mi cuerpo temblaba interiormente, pero nadie lo notó.

Me puse la bata reglamentaria del hospital y al terminar me senté en el sillón, era muy temprano para meterme a la cama, tampoco me apetecía ver la televisión y dos de mis hijos que me acompañaban con su plática hicieron que las horas se mostraran menos largas de lo que habitualmente pueden ser en un sanatorio.

¡Cómo cambia la perspectiva de las cosas!, si por el contrario estuviera en el cine, las dos horas de una película transcurrirían como si fueran unos instantes, pero en una clínica, el tiempo se alarga, el paso de los minutos es tan lento que las horas se vuelven eternas; se abrió la puerta y se hizo presente el cirujano, siempre con su gran sonrisa me preguntó si había seguido las indicaciones para ese día, una de ellas era llegar en ayunas para realizarme los análisis preoperatorios y una endoscopía para revisar mi estómago, se despidió no sin antes tranquilizarnos, guiñar un ojo y finalmente nos tomamos una fotografía para la posteridad y como parte de un “antes” y un “después”.

Pasados algunos minutos entró la enfermera, me tomó las muestras de sangre y, largo tiempo después apareció el camillero, me ayudó a acomodarme en la camilla e iniciamos un breve recorrido por los pisos y pasillos del hospital para finalmente llegar al área de quirófanos donde se realizaría la endoscopía.

Ya instalada en la plancha, vi de reojo muchas  mangueras y un monitor, se acercó el doctor y me presentó al anestesista, éste me indicó que me pondría una suave sedación, y que estaría consciente para realizar las instrucciones que me fueran dadas, que todo sería breve y sin dolor.

Efectivamente así fue, cuando el sedante empezó a hacer efecto, me sentí como en una nube, escuchaba la voz del doctor, del cirujano y también el ruido que había a mi alrededor, me entró un sopor y creo que por instantes mi cerebro se extraviaba entre nubes de algodón, creo que dormitaba y tal vez hasta un sonoro ronquido habrá salido de mi boca, no tengo idea de cuánto tiempo transcurrió, sin embargo oí la lejana voz del cirujano que me indicaba que ya había terminado y que empezaría a cobrar conciencia.

En breve tiempo empecé a experimentar una sensación de tranquilidad inusitada, paz, alegría, serenidad, sosiego, por momentos el sol o la luz de las lámparas se hacía más intensa, ¡ahhh que momentos!, ¡juro que me sentí en el nirvana!; el exceso de tiempo, la nula actividad y los efectos del sedante, hicieron que mi mente divagara en mil y un lugares y al mismo tiempo en ninguno, creo que mi cerebro salió de vacaciones por instantes sólo para entretenerse con todo y con nada rompiendo la monotonía de mi pensamiento racional.

Al regresar a la habitación y momentos antes de que terminara la tarde, razoné por unos minutos acerca de la sedación que había recibido y la maravilla sensación que me produjo, vino a mi entorno la figura de Michael Jackson y su hipotética muerte por intoxicación de Propofol, así como una vaga idea del por qué los jóvenes se enganchan en la quimera de las drogas, que a la larga se vuelven un infierno.

Llegó la hora de la cena, yo había ayunado todo el día, no tenía hambre, eran las últimas horas de un estómago completo, pero al mismo tiempo terriblemente asustado, lo sentía lleno de movimientos, eso que le llamamos “sensación de mariposas” que volaban a la velocidad de la luz en mi interior, comí un poco de gelatina y tomé agua.

No queriendo preocuparme intenté ver la televisión que estaba instalada en la habitación, no ofrecía ningún programa de mi interés, intenté leer un poco, aunque me perdía una y otra vez en mis propias apreciaciones, entre la curiosidad y el miedo de mi próxima nueva vida, sentir miedo a lo desconocido es tan normal que esa noche lo experimenté varias veces antes de que pudiera conciliar el sueño.

Por momentos pensaba, ¡me van a operar!; ¡pero… si me siento tan bien hoy!; ¿mañana en la noche cómo me sentiré?; ¡estaré haciendo lo correcto?, y así tenía sentimientos y emociones encontradas.

Amaneció, a lo lejos escuché el ruido de la calle, me levanté de la cama y pausadamente caminé hasta la ventana, detenidamente observe a través de los cristales el intenso tránsito, las personas que caminaban y también a las que prácticamente corrían para llegar a tiempo a su trabajo o a la escuela, el día se denotaba intensamente limpio, me sumí en un mar de cavilaciones y sin quitar la vista del horizonte, supe que ese día tres de julio de dos mil quince, volvería a nacer.

Uno de mis hijos que permaneció toda la noche conmigo en la habitación con la finalidad de hacerme compañía también despertó, le escuché incorporarse del sillón y preguntar —¿te encuentras bien ‘amá? —, se paró frente a mi y a un lado de la ventana, comenzamos a platicar por largo rato; era un día importante para él, tenía una presentación en el teatro bailando, sin embargo en el momento en que estuviera danzando yo estaría en quirófano, no podría disfrutar de su arte, y no obstante, como en todos los casos donde se involucran los sentimientos y las obligaciones, le dije que tenía que dar una sorprendente función, que sintiera como si yo estuviera presente y bailara como sólo él baila, extraordinariamente, ahí nos despedimos.

Minutos después llegaron mis otros dos hijos, reinaba una aparente tranquilidad, bromeábamos, reíamos y hacíamos planes para el futuro, les reiteré el inmenso amor que siento por ellos y así pasaron los minutos acumulándose las horas; repentinamente se abrió la puerta, entró el cirujano con su gran sonrisa y la seguridad que da la experiencia, guiñando un ojo nos dijo —A las dos de la tarde viene por ti el camillero, ¡nos vemos en el quirófano! —

El tic tac de mi reloj de pulso se hacía cada vez más vertiginoso e  intenso y llegado el momento hice nuevamente el recorrido como el día anterior hacia el área de quirófanos, acostada en la camilla, boca arriba sólo podía ver el techo, ir en esa posición incómoda me mareó un poco, al llegar a la entrada los camilleros hicieron una maniobra para pasarme a través de una pequeña ventana y me sentí como un pastel a punto de hornear, habiendo traspasado el umbral me acomodaron en un cubículo para esperar mi turno, estaban terminando de preparar el quirófano, en esa espera y en el lugar donde yo me encontraba estaba en penumbra y sólo alcanzaba a ver de reojo la luz del pasillo.

Cuando me vi completamente sola, colocada en la camilla en aquel recinto, cerré los ojos y a querer o no, reconocí que hay algo superior a nosotros, llamado Dios, Buda, Jehová, o Quetzalcóatl, el nombre es lo de menos, es algo intangible que está en todas partes y en ninguna, estando consciente de mi propia mortalidad, como lo he estado desde que mi hermano falleció, me inquietó el que mi cuerpo pudiera colapsar, no era el miedo a la cirugía ni a la anestesia, y, finalmente recé, recé sin parar una y otra vez aquellas oraciones aprendidas y olvidadas desde mi infancia, me encomendé a todos los santos, a las once mil vírgenes, a Dios, y a mis ancestros que me han precedido en el viaje eterno y, así rezando, sintiendo miedo y angustia pero al mismo tiempo confianza y alegría, me llegó el momento de ingresar a la cirugía.

Me recibió el doctor y el anestesista, ambos irreconocibles por los gorros, cubre bocas y las batas, sentía como siempre que estoy en una situación de estrés, que temblaba por dentro, me empezaron a dar las instrucciones para recibir la anestesia, primero esa sedación maravillosa como la del día anterior y esas sensaciones de relajamiento, paz y serenidad vinieron a mi, posteriormente me colocaron una mascarilla en el rostro; se me indicó respirar hondamente y pensar en algo bonito, intenté pensar… ¿en qué podía pensar que fuera bonito?, son tantas las cosas bellas que guardo, pero no pude proyectar ningún pensamiento, de pronto… ¡pum! se apagó la luz y me sumí en la inconsciencia.

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